Las emociones y su barrera de los 90 segundos

Sí, has leído bien, en términos químicos las emociones duran solamente 90 segundos. Lo que sucede es que la emoción se renueva por sí misma y da la impresión de que dura más tiempo.

En el centro del cerebro tenemos la amígdala, la cual es responsable de las emociones. Cuando estás frente a un estímulo, la amígdala segrega una sustancia que conforma el “cóctel” propio de cada emoción provocando palpitaciones, sudoración, tensión muscular, etc. que tarda unos 90 segundos en ser metabolizada por el cuerpo. Luego de ese minuto y medio, la sustancia en sangre desaparece junto a todos sus efectos.

Te pongo un ejemplo, si vas andando por la calle y, de repente, un perro se pone a ladrar cerca de ti enfurecido, ¿te asustarías? Si al momento te das cuenta que el perro está detrás de un portón cerrado, aunque tu corazón seguirá latiendo fuerte hasta que transcurran 90 segundos tu amígdala dejará de segregar las sustancias del miedo y tu cuerpo termina de metabolizarlas al poco tiempo.

Quizá te estás preguntando: “entonces, ¿cómo se explica que siga enfadado desde  hace tres semanas si las emociones duran 90 segundos?”. Esto sucede porque la duración de la emoción depende de la idea a la cual está asociada, entonces si la idea es recurrente, la emoción se renueva por sí misma.

Seguramente has escuchado esto: “cálmate, cuenta hasta 10 o hasta 100 y respira profundo”. Precisamente se cuenta hasta 100 para que pasen esos 90 segundos y nos “desintoxiquemos” del cóctel químico en sangre propio del enfado. También es eficaz tomar distancia dando una pequeña caminata, respirar profundo, beber agua o hacer cualquier cosa que permita sacar de tu foco de atención aquello que motivó tu enfado.

Esto ocurre con todas las emociones. ¿Te ha sucedido alguna vez que cuando algo te hace mucha gracia sonríes de manera recurrente cada vez que se te viene a la cabeza? A su vez, el amor que sientes por alguien también se va renovando cada 90 segundos.

Lo más importante es que seas consciente de que las emociones en sí mismas son temporales y que su duración depende de la idea a la que estén asociadas. Para bien o para mal en sí misma toda emoción es efímera por naturaleza.

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